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Como el tesoro
olvidado de un arquitecto de gran renombre, el
Templo de Loreto
lucha por sostenerse en pie para seguir mostrándonos su fastuoso
interior, uno de los más sublimes de la Ciudad de México.
Localizado
frente a la plaza del mismo nombre en la zona oriente del Centro
Histórico, el
Templo de Loreto
nos recibe con
una fachada austera bastante inclinada con respecto al nivel de
la banqueta. La historia de este templo es antigua, sus primeros
orígenes datan de finales del siglo XVII, cuando funcionaba como
bautisterio del contiguo
Templo
de San Pedro y San Pablo albergando desde entonces la imagen de
Nuestra Señora de
Loreto
traida desde Italia por el padre jesuita Juan B. Zappa. Tras la
expulsión de la orden de los jesuitas y después de haber sufrido
varias reformas, Manuel Tolsà, el Mass destacado de los
arquitectos del periodo virreinal, recibió el encargo para
proyectar un nuevo
templo
en el sitio. Tolsa propuso una gran cúpula esférica que
remataría una planta en forma de cruz griega que recuerda los
bocetos que Miguel Ángel tenía para la realización de su “templo
ideal”. Después de algunos problemas con el conde Antonio de
Bassoco, quien financiaría parte de la obra, Manuel Tolsa cedió
la obra a su aprendiz Agustín Paz quien siguiendo el plan
original de su maestro realizó algunas modificaciones como la
ampliación de la nave central y algunos cambios en la fachada,
empezando la construcción de este nuevo
templo
en 1809 a manos de el y del arquitecto Ignacio Castera
concluyendo las obras el 22 de agosto de 1816. Desde entonces la
obra ha enfrentado problemas de hundimientos que incluso
motivaron al cierre del
templo
en 1832, autorizándose una nueva apertura 18 años después en
1850, pasando a finales del siglo XIX a custodia de los padres
del Sagrado Corazón.
La puerta del
Templo de
Loreto
es una sombra,
una oscuridad que apenas deja ver al fondo los rayos de luz que
bajan desde la cúpula. Al entrar una nave con bóveda de cañón
austeramente ornamentada nos conduce al transepto, ahí sucede el
choque, la conmoción interior, al entrar bajo esa cúpula el
espacio adquiere dimensiones colosales, cinco capillas atraen
nuestra atención como si se tratase de grandes minas que
hubieran sido excavadas de una cantera, y que muestran
rítmicamente contrastes de luces y sombras que dan gran
dramatismo a este interior clásico de espíritu barroco que nos
hace mirar hacia arriba y asombrarnos con la majestuosidad de un
domo que es más bien una entrada al cielo.
En la plaza que
preside este
templo
podemos
observar otra obra de Manuel Tolsá, se trata de una fuente
diseñada por este arquitecto para la glorieta donde actualmente
se encuentra el Reloj Chino en el Paseo de Bucareli y que fue en
1929 fue traslada a esta plaza donde ahora se encuentra rodeada
por bancas de piedra y un jardín, un jardín que espera una nueva
primavera para esta zona del Centro Histórico, actualmente
deprimida pero con un enorme potencial urbanístico y económico
que puede tener como base la riqueza arquitectónica del lugar.
El
Templo de Loreto
lucha por
sostenerse en pie para convertirse en la joya de la corona del
rescate del Centro Histórico.
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